
El 25 de Mayo siempre obliga a una comparación inevitable: ¿qué hicieron aquellos hombres de 1810 y qué estamos haciendo hoy con la independencia que conquistaron? La respuesta incomoda. Mientras los patriotas buscaban cortar los lazos de subordinación económica y política con una potencia extranjera, el gobierno nacional avanza en sentido contrario: entrega recursos estratégicos, abre la puerta a intereses corporativos globales y convierte la política exterior en un catálogo de obediencias.
La Revolución de Mayo no fue un gesto romántico. Fue una decisión política de fondo: dejar de ser colonia. Hoy, en cambio, la Argentina parece caminar hacia una nueva forma de dependencia, más sofisticada pero igual de dañina. Las corporaciones financieras dictan condiciones, los acuerdos se negocian a espaldas del país y la soberanía económica se reduce a un eslogan vacío mientras se desmantelan regulaciones, se privatizan funciones del Estado y se cede capacidad de decisión a actores que no rinden cuentas ante nadie.
El contraste es brutal. Los patriotas discutían cómo construir un país propio; el gobierno actual discute cómo agradar a los fondos de inversión. Aquellos buscaban abrir caminos productivos; hoy se cierran ministerios, se paralizan políticas públicas y se celebra la retirada del Estado como si fuera un acto de modernidad. La independencia, entendida como capacidad real de decidir el rumbo nacional, se achica cada día.
El 25 de Mayo no es una fecha escolar. Es un recordatorio de que la libertad se defiende con decisiones concretas: proteger recursos estratégicos, fortalecer la producción local, garantizar derechos y evitar que la economía quede en manos de intereses que no miran al país, sino a sus balances.
Si la Revolución de Mayo fue el inicio de un proyecto de emancipación, este presente marca un retroceso preocupante. La pregunta es simple y urgente: ¿queremos ser un país o una plataforma de negocios ajenos? La respuesta define el futuro.



